jueves, 2 de mayo de 2013

Aún presente…

Me siento frente al teclado de la computadora para comenzar a escribir sobre Hernán… aún hoy no puedo evitar de que alguna lágrima se me escape… pienso en las personas que Dios nos pone en el camino para indicarnos cuál es la senda que debemos seguir para cumplir con la tarea que Él nos tiene asignada.

En mi vida como agente de pastoral, comunicador y presidente de una ONG, fueron pocos los mentores que me ayudaron a formarme en responsabilidad y compromiso en la tarea de comunicar. Entre ellos, Hernán ocupa un lugar muy importante, al extremo tal que le pedí que él fuera el sacerdote quien – cuando llegara el momento - le diera la Primera Comunión a mi hija María Ariadna. Su respuesta fue inmediata: aceptó gustosamente; se sentía muy halagado y contento… Pero a veces los caminos de Dios son otros…

A Hernán lo conocí hace mucho tiempo atrás. Fue por el año 1997 cuando lo vi por primera vez. El modo con el que habló conmigo me impresionó. En ese entonces yo colaboraba en la Comisión Episcopal para la Pastoral de la Salud. Junto al Dr. Ricardo Munafó Dauccia, estábamos en pleno proceso de realización de proyectos relativos a la prevención del SIDA. Era la primera vez que la Iglesia de Argentina tenía la oportunidad de utilizar los medios de comunicación - propios - para poder transmitir un mensaje con valores en este tema tan delicado como lo es el HIV.

Fue así que cuando nos dirigimos a la Editorial San Pablo para pedir un compromiso de colaboración de esta prestigiosa empresa, y sumarla al proyecto, pensamos, junto al Dr. Munafó, que la “Hojita del Domingo” era el medio por excelencia para llegar directamente al público de todo el país. Fue en esas circunstancias que nos reunimos por primera vez con quien era su Director, el Pbro. Hernán Pérez Etchepare.

Desde el primer día en que lo conocí percibí que este “cura” era diferente al resto, por su actitud, por su estilo, por su comprensión, por su integridad y, sobre todo, por su disponibilidad.

A los pocos años comenzó a convocar a comunicadores para participar en pequeñas reuniones, como para poder compartir experiencias y pensar en un proyecto de común-unión entre los mismos. Ahí fue cómo conocí mejor a Hernán, un tipo único, con la palabra y el gesto justo, dispuesto a realizar lo que sea, para poder seguir adelante con la difusión del mensaje de la Buena Nueva. 

Cuando a fines de 1999 le comenté que estaba en pleno proceso de fundar una asociación civil sobre medios de comunicación, me puso una mano en el hombro (con la otra sostenía el mate), me miró y me dijo que debía hacerlo, que no dudara, que el Señor me había llamado a ocupar un espacio. Por un momento pensé que quizás exageraba. Con el tiempo me di cuenta que no…

Cuando ya había conformado la Asociación ANUNCIAR, él tuvo una gran alegría por este nuevo emprendimiento que había hecho nacer, y lo convoqué para que fuera miembro de la Comisión Asesora Interdisciplinaria. Pero me dijo que no, que estaba con muchas cosas, pero…, que sí… que iba a ser mi asesor personal, que lo intentaría hacer lo mejor posible, contando con la ayuda del Señor, para poder orientarme y acompañarme en las decisiones que realizara, pero que nunca me influenciaría en nada: la última palabra siempre la tendría yo.

Fueron muchas las tardes que me esperaba en su oficina con unos mates amargos y unas ricas medialunas. Allí, Hernán fue “Padre” de un “hijo” que necesitaba la contención, la escucha, la palabra de aliento y sabiduría que fueron marcando un camino, un rumbo… y donde, luego, nos sumergíamos en una oración en común… Ambos pedíamos por nuestras tareas pastorales y, sobre todo, rezábamos cada uno por el otro.

Desde el momento en que lo conocí, hasta que comenzamos a transitar este camino de la comunicación, entre sus flores que amaba con pasión y el fumar algún que otro cigarrillo en la terraza de la Editorial (con algún reto de mi parte, que me atreví darle cuando éstos lo hacían toser), fue creciendo un cariño muy especial, ya que Hernán se hacía querer. Era un tipo al cual no podías no quererlo: siempre te recibía con una sonrisa, nunca te decía que no podía… estaba dispuesto. Sea personalmente, telefónicamente o vía mail… Hernán estaba…

Aunque no lo veamos hoy en medio de nosotros físicamente, Hernán sigue estando, porque los que lo conocimos y compartimos – mucho o poco – con él, nos marcó, nos quemó la cabeza, nos llegó y se instaló en nuestro corazón. Porque Hernán era así, el te daba su amistad, su buena onda, su amor: se daba por completo.

Siempre me animó cuando quise dejarlo todo, cuando a veces los hombres no nos ponemos de acuerdo y todos queremos ser “caciques” y queremos estar por arriba del otro. Hernán siempre me decía, colocando su mano en mi hombro: “Alfredito, Alfredito, si dejás todo, si largás todo esto que venís haciendo… ¿quién lo va seguir? ¿Quién lo va hacer?… Dios te quiere en la “Iglesia del Aire”, el no te va abandonar, te lo aseguro y tampoco yo que soy tu amigo… contás conmigo… ¡Ah! una cosa, me comprometo a rezar por vos…” - me decía – “para que no te hagas tantos problemas, no te amargues tanto y Él te dé mucha paciencia…, porque la vas a necesitar con nosotros: los curas…”

En síntesis: Muchos aún nos preguntamos por qué se fue. O a veces le pregunto a Dios, “el por qué” de su partida, pero bueno… quizás estas preguntas tendrán su respuesta, cuando en el atardecer de la vida seamos juzgados en el amor, y a lo lejos, reconozcamos una figura que nos salga a recibir en algún paraje celestial – siempre si somos dignos de eso - allí, entre aquellos que amamos… veremos a Hernán… esperándonos con una sonrisa.

Gracias Hernán por todo, hoy ANUNCIAR te honra y te recuerda así, con un Estudio que lleva tu nombre, pero sobre todo, con las ganas que vos tenías de comunicar el mensaje de Aquél que es, que era y que vendrá...

No te digo adiós, sino hasta luego, amigo…

Alfredo Musante

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